Creo que, a lo largo de mis colaboraciones, ha quedado suficientemente demostrado que la intelectualidad y el deporte no son polos opuestos; al contrario, hemos visto diversos casos que ejemplifican que, muchas veces, estos dos aspectos van de la mano: escritores y artistas apasionados por alguna disciplina deportiva y lo reflejan en sus obras, lo que echa por tierra el viejo pensamiento de que, si se busca enriquecer los conocimientos, se debe hacer a un lado el deporte y viceversa.

Sin embargo, nadie es monedita de oro, y el deporte no podía salvarse de este antiguo adagio. Esto ocurre con uno de los autores más importantes de la literatura del siglo XX: Jorge Luis Borges (1899-1986).

El genial maestro argentino, autor de libros tan importantes como Ficciones y El Aleph, no gustaba de los deportes, e incluso podríamos afirmar que los odiaba. Alguna vez se refirió al futbol, por ejemplo, como “uno de esos tontos juegos inventados por los ingleses”. También criticaba el hecho de que los equipos argentinos hubieran traicionado su arraigo al incluir a futbolistas no sólo no nacidos en la ciudad que una determinada escuadra representa, sino incluso a extranjeros.

En otras palabras, para Borges, un equipo como el Atlas, por poner un caso mexicano, debería jugar sólo con futbolistas tapatíos por ser un conjunto originario de Guadalajara y no admitir a ninguno que no fuera oriundo de la capital de Jalisco, y mucho menos un extranjero.

Asimismo, a Borges le parecía absurdo que un aficionado al futbol tome partido por un equipo en particular y no disfrute del juego en sí, sin sentir un apasionamiento hacia un club en específico. Para Borges, un verdadero fanático del balompié debía ser neutral.

Pero el genial poeta y cuentista argentino no se salvó de la afición a un juego que muchos consideran un deporte ciencia: el ajedrez. Borges amaba esta disciplina y le dedicó un poema en su libro El hacedor (1960).

En sus versos, Borges no sólo describe el movimiento de cada una de las piezas del juego (“Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada reina, torre directa y peón ladino”): además, el ajedrez le sirve para filosofar acerca de la infinitud tanto del ajedrez mismo en sus innumerables lances como de la vida, que para él también es un juego infinito donde debemos tomar un sinnúmero de decisiones, como en un tablero (“Como el otro, este juego es infinito”).

Borges también habla de que el jugador traza el camino que las piezas deben tomar en el tablero, y esto le sirve para compararlo con el destino humano: hay un ajedrecista divino que rige nuestra vida como si fuéramos piezas de su juego (“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza”).

Asimismo, el poema compara nuestro transcurrir por los días como si se tratara de nuestro paso por las casillas del tablero (“También el jugador es prisionero de otro tablero de negras noches y de blancos días”).

Si no han tenido la dicha de leer a Jorge Luis Borges, este poema es la oportunidad de hacerlo y maravillarse con una de las obras más majestuosas de la literatura, la de un autor que sentía aversión por los deportes pero que no escapó al gusto por lo lúdico, que, a fin de cuentas, es el origen de los mismos.

Hasta la próxima.


Jose Alejandro Carro Sanchez

Apasionado del deporte y la literatura. Relato historias de la relación de ambos con la cultura general.

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