¿HA MUERTO LA CRÓNICA DEPORTIVA?

En algunas de mis colaboraciones he escrito sobre los grandes comentaristas deportivos de antaño, a los que muchos conocimos en su última etapa en los medios electrónicos o a través de las charlas de nuestros padres y hermanos mayores, quienes nos contaban anécdotas sobre los momentos históricos que les había tocado vivir acompañados de las voces y conocimientos de esos auténticos maestros del micrófono.

Por supuesto, me refiero a personajes como Pedro El Mago Septién (quien incluso, en alguna ocasión, ante la interrupción de la señal gracias a la cual narraba las acciones, se inventó un partido de beisbol en una transmisión de radio) o Fernando Marcos (recordado, entre muchas otras cosas, por sus famosas Cuatro Palabras, frases con las que comentaba o resumía los partidos del futbol mexicano).

Repensando las cosas, creo que el título de esta columna no debe cuestionar si la crónica deportiva en México ha muerto o no: asumo que tiene ya muchos años muerta, pues, en esta época, el conocimiento sobre un deporte determinado y la preparación periodística de los narradores y comentaristas actuales han sido desplazados por las ocurrencias y patrioterismo de quienes hoy tienen los micrófonos.

En efecto, actualmente la gente se inclina por las transmisiones donde los comentaristas hacen más chistes, gritan más fuerte los goles de la selección mexicana, las conductoras de los programas deportivos son guapas, hay mayor número de comediantes invitados a la cobertura de mundiales de futbol y Juegos Olímpicos o aparecen más exfutbolistas o exboxeadores que suplen su falta de preparación con su “simpatía”.

Pero, ¿saben qué?, a pesar de que este tipo de periodismo deportivo no es de mi agrado, lo entiendo: en este mundo tan competido de hoy, los medios de comunicación libran una lucha feroz por el rating, por los anunciantes; todos quieren su rebanada del gran pastel que constituye el deporte como negocio (en el caso de México, por ejemplo, las tres televisoras abiertas son dueñas de equipos de futbol, pues saben que éstos atraen a los aficionados de esas escuadras y, por supuesto, el dinero que representan).

Entre más público atraigan, más rating, más anunciantes y más ganancias tendrán, y para lograrlo no les importa llenar sus transmisiones con un pobre contenido con tal de que resulte atractivo para las masas, con tal de que prefieran su transmisión sobre las demás aunque muchas veces su calidad periodística quede a un lado.

Entiendo este modo de actuar pero no lo justifico, así como también me explico por qué hace mucho tiempo la televisión mexicana podía darse el lujo de tener a grandes comunicadores: hace sesenta años, por ejemplo, sólo había un emporio de medios electrónicos que monopolizaba al público, no existían opciones entre las cuales elegir una programación, la gente tenía que ver sí o sí el canal hegemónico de aquellos años.

Entonces era posible que esos grandes comentaristas aparecieran en las transmisiones deportivas, pues no era necesario que dijeran ocurrencias o puntadas para ganar audiencia. Así las cosas, he de aceptar que esa época dorada no volverá, pues la guerra por el rating continuará y, para ganarla, las cadenas recurrirán a cualquier método “chistoso” o morboso antes que apostar por el talento y conocimiento de sus colaboradores.

Hasta la próxima.


Jose Alejandro Carro Sanchez

Apasionado del deporte y la literatura. Relato historias de la relación de ambos con la cultura general.

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